Siempre, desde pequeño, escuchaba decir a mis padres, que después que una persona se acostaba a dormir, que por nada en la vida, debÃa levantarse de su cama; para nada y, mucho menos, para tomar la calle e irse de parranda.
La historia que les traigo, sucedió en los principios de la década del setenta en la barriada de, Villa Juana, especÃficamente en el vecindario del callejón de "Galindo", en Santo Domingo.
Don Ernesto, hombre de trabajo, casado con tres hijos, habÃa llegado como de costumbre; a eso de las siete de la noche a su casa. Luego de un buen baño, cenar, se relajaba un poco con sus hijos y, como casi siempre, a las diez se iba a la cama.
Aquel fatÃdico martes, fue la excepción. Próximo a las 11:30 se escucharon toques fuertes en la puerta de su casa. Dos amigos medios borrachos le insistÃan que se levantara, que estaban en un lugar cercano tomándose unos tragos, y pensaron; porque no buscarlo, ya que estaban tan cerca. Desde adentro se oyó la voz de, Ernesto decir: que no acostumbraba levantarse para salir,y que además, al otro dÃa tenÃa mucho trabajo en la compañÃa.
Tantos fueron los ruegos que terminaron por convencerlo, tomó una camisa blanca y decidió acompañar por un ratos a sus amigos.
Aun, no se sabe que ocasionó un fuerte tiroteo en el bar, resultando muerto al instante unos de los amigos, mientras el otro decÃa: Ernesto, corre rápido que nos van a matar.
A una cuadra del callejón de su casa, Ernesto fue alcanzado en la pierna derecha por una de las balas que disparaba su perseguidor. No fueron suficientes los ruegos ni las suplica de que no lo matara, que tenia tres hijos pequeño; por igual le dieron un balazo en el pecho otro en la frente dejándolo tendido en un extenso charco de sangre.
El otro hombre fue alcanzado como a tres cuadras más adelante y muerto de forma similar. Nunca se supo porque tanta saña en esas muertes. Como el matador era hombre de dinero, no hubo mucha investigación.
Al cabo de una semana mi hermano, José que en ese tiempo tenÃa de 7 a 8 años y no se por cuales razones acostumbraba a levantarse de la cama a la cinco de la mañana. y salir al patio. Pues unas de esas madrugadas despertaba a todos en la casa con un grito ensordecedor.
Casi petrificado y con una rara muesca en su rostro se encontraba parado en la puerta de salida. Cuando mi madre lo interrogó de que le pasaba le dijo que antes de salir, habÃa mirado por las rendijas de la puerta y que habÃa visto a Ernesto con una camisa blanca.
Nuestra casa quedaba justamente en el frente a la que una semana atrás habÃa sido la casa del difunto.
Les diré que a partir de ese momento, mi hermano, jamas volvió a madrugar.