El azar y la muerte.
Constantemente tomamos decisiones con respecto a nuestras vidas, como y cuando debemos hacer esto o aquello, que nos conducen o no al lugar que deseamos ocupar en el mundo. Pero generalmente hay un momento de nuestras vidas sobre el cual no tenemos potestad a la hora de escoger cuando y de que manera sucederá. Este momento es la muerte. A no ser que vayamos en su búsqueda, el instante en que nuestra vida llegará a su fin es una incógnita que nosotros no deseamos desvelar temprano y que una vez desvelada ya no puede satisfacer nuestra curiosidad. El instante de la muerte puede resumir una vida, envolver personalidades en un esplendor jamás alcanzado mientras estaban vivos o reducir otras a una despedida insignificante o, peor aun, estúpida. En ocasiones toda una existencia de sacrificios y grandes esfuerzos por llevar una vida ejemplar queda truncado por la fatídica irrupción de una muerte absurda. Un abogado de Toronto, con una carrera prometedora y un currículo repleto de innumerables éxitos profesionales vio truncado su ascenso imparable a la edad de 39 años. Esta joven promesa cayó desde el piso 24 de su edificio de oficinas al apoyarse sobre un cristal para demostrar a unos estudiantes de derecho la supuesta seguridad de las instalaciones. Nadie puede predecir como o cuando ocurrirá, por mucho control que tratemos de ejercer sobre nuestras propias vidas, el azar a veces juega malas pasadas y la dama de blanco también goza del libre albedrío. Aunque es absurdo tratar de predecir cuando llegará el momento, salir en su búsqueda tampoco tiene por que ser una tarea fácil. El caso mas sorprendente es el de Jacques LeFevrier[1], un individuo francés que tomó la dura decisión de quitarse la vida y decidió asegurarse de que lo conseguía. Ató una soga a una gran roca en lo alto de un acantilado y se ato el otro extremo al cuello, con la intención de ahorcarse y acabar con su sufrimiento. No obstante, decidió cerciorarse de su triunfo bebiendo veneno antes de saltar, por si la soga fallaba. No contento con esto, antes de saltar prendió sus ropas, pues el fuego podría solucionar lo que el veneno y la soga quizás no consiguiesen. Mas, en un alarde de desesperación por obtener la consecución de sus fines, en el mismo momento de saltar trató de dispararse en la cabeza. El azar quiso que el disparo no diese en el blanco, la bala en cambio rasgo la soga con que trataba de ahorcarse. Jacques cayó al mar , apagándose al instante el fuego de sus ropas y el efecto de la caída le produjo ganas de vomitar expulsando el veneno que había ingerido. Pocos días después Jacques moría en un hospital de la zona a causa de una hipotermia. Con respecto al azar y la muerte, pocos casos son tan sorprendentes como los del fenómeno conocido como combustión humana espontánea. Se trata de individuos que sin previo aviso comienzan a arder en un momento dado, quedando reducidos a cenizas en cuestión de horas. Este fenómeno se conoce desde el siglo XVII y desde entonces se conocen mas de cincuenta casos documentados. Charles Fort[2] fue el primero en recopilar información sobre alguno de estos casos. Desde entonces ha sido estudiado por numerosos investigadores y médicos de diferentes épocas, llegando a algunas conclusiones sobre las circunstancias comunes de los individuos que han sido victimas de este fenómeno Forteano. La mayor parte de las victimas se encontraban solas, en un sitio cerrado, padecían de sobrepeso, solían beber y se encontraban fumando o cercanas a una fuente de calor. En cualquier caso una reflexión de la muerte es un pensamiento vacuo, carente de sentido. El echo es que me encontraba leyendo en el periódico una noticia sobre un individuo de Texas que pescaba con dos amigos en un lago cuando dio comienzo una tormenta eléctrica. Ni corto ni perezoso, el individuo se levantó en la barca y poniendo los brazos en cruz gritó:-¡Aquí estoy, Dios, dispara!. La barca era de aluminio y el azar quiso que un rayo impactara directamente sobre su cuerpo, fulminándolo al instante. Los dos acompañantes salieron ilesos. Esta noticia me ha hecho reflexionar sobre el azar y la muerte, así que he decidido no salir de casa. El caso es, que el sobrepeso no me deja moverme con facilidad, así que me he encerrado solo en mi cuarto y llevo horas bebiendo wisky y fumando tabaco sin parar, junto a mi vieja estufa de carbón. Que conste que no se lo aconsejo a nadie, porque aunque he dejado de temer a la muerte, comienzo a tener unos tremendos ardores de estomago. [1] Aunque algunas fuentes citan la fecha de la muerte de este personaje en 1989, son muchas las sospechas de que no se trate mas que de una leyenda urbana nacida en 1999 con origen de los premios Darwin, creados para premiar a aquellas personas que contribuyen a la evolución de la especie acabando con su propia vida. [2] Charles Fort (1874-1932) fue un autodidacta estadounidense nacido en Albany, dedicado a la investigación de hechos no solucionados por la ciencia. Su más conocida obra recopilatoria de hechos forteanos se llama "El libro de los Condenados". Colección de hechos condenados por la ciencia ortodoxa pero que sin duda existieron, y que han sido comprobados y verificados científicamente, o certificados por gran cantidad de testigos presenciales, tales como (por ejemplo) la caída a la tierra de ranas, peces, sustancias gelatinosas u objetos más pesados que el aire (grandes pedazos de hielo, bolas de metal, etc.).
Actualizando blog... en 5 seg seras redireccionado a BlogESfera.com