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Doradas en Santoña Mareas Vivas y Por Allí Resopla en contubernio, de izquierda a derecha, Manolo, Joseba y yo...   El equipo de Mareas Vivas y el de Por Allí Resopla se hermanan, en las siguientes líneas veréis el resultado. Tuve la fortuna de conocer a Joseba hace ya tiempo en un maratón de pesca, recientemente me presentó a su amigo Manolo, gran aficionado al surfcasting y una persona a cuyo lado da gusto echar unos cañazos. Texto y fotos: Juan Urrutia A menudo hablo de técnicas, señuelos y aparejos, en esta ocasión quiero resaltar la importancia de pescar en buena compañía. La pesca se disfruta mucho más cuando, entre cañazo y cañazo, se puede conversar, compartir experiencias y, por supuesto, la alegría de las capturas. Y es que la captura de uno satisface al otro, al menos ese es mi caso, tanto o más que si fuera propia. La jornada   Joseba con la primera captura   Precioso y bravo animal   Llovía, y el frío vivificador estuvo siempre presente. Lejos de molestarme, me encanta este tiempo para pescar, en parte porque son menos los pescadores presentes en cualquier pesquil, en parte porque la mar muestra en estas fechas toda su fuerza y belleza, hasta el viento helador trae los aromas marinos con más intensidad. Se trata de motivos ajenos a la pesca, al menos en apariencia, pues creo que gran parte del disfrute de ésta se encuentra en el entorno, muchas veces salvaje, que nos rodea. Este talante es muy positivo, pues nos hace observadores, nos empuja a fijarnos en pequeñas cosas que son indicativas de otras que influyen en el comportamiento de los peces, y eso sí que nos interesa a todos. De éstas y otras muchas cosas charlamos antes, durante y después de la pesca. Tras montar las cañas, cebados los aparejos con tubo y americano, esperamos la ansiada picada, que llegó pronto a una de las cañas de Joseba, dando como resultado una bonita dorada cercana al kilo. El valiente espárido se enrocó y liberó el aparejo en varias ocasiones antes de ser orillada. Transmitimos nuestra alegría a través de las olas, el viento y la arena, pues no tardaron mucho en aparecer dos compañeros de afición para ver qué la motivaba. Con las fuerzas renovadas por unos bocadillos bajos en colesterol, craso error, el colesterol es necesario para combatir el frío, volvimos a lanzar nuestros aparejos. No tardó mucho en caer, de nuevo en la caña de Joseba, un pescador sobresaliente, la segunda y última dorada de la jornada. Era algo más grande que la primera y preciosa, como todas las doradas. Mientras nuestro afortunado compañero reponía el cebo, Manolo, pescador habitual y gran conocedor del lugar, siempre presto a la hora de echar una mano, me explicaba las características del fondo, que a no excesiva distancia ganaba profundidad bruscamente. Pescábamos, pues, en una zona de considerable calado. Al poco tiempo, recogimos nuestros pertrechos y nos dirigimos hacia el coche. Habíamos pasado unas horas verdaderamente entretenidas. La responsabilidad del éxito de la jornada no fue sólo de la mar, que nos regaló un par de bonitas doradas, con una de las cuales fui obsequiado (gracias Joseba), sino de una compañía de lujo en todos los sentidos. Pescando sin caña   Una captura accidental...   Ya casi habíamos abandonado la playa cuando, en la misma orilla, Joseba vio algo que chapoteaba, una platija luchaba por escapar del aparejo que, presumiblemente no mucho antes, alguien perdió. Fue la tercera y última pieza de la noche. Tras realizar tan particular captura, emprendimos rumbo a nuestros respectivos hogares, dando por finalizada la jornada pero pensando ya en la próxima.

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