La Dama del Trueno (novela) Cap. 4
Capítulo 4 "El vestido de flores”Ya era de dìa cuando Adriana despertò; semisentada, sobre el umbral de la puerta de la cabaña, con sus ropas hùmedas y completamente entumecida. Sus ojos al abrirse le confirmaron lo sucedido la noche anterior. En lo secreto de su corazòn esperaba que todo hubiese sido una pesadilla y nada màs, pero el automòvil sin crstales, los restos dejados por la tormenta y su presencia misma en aquel lugar eran demasiado elocuentes como para negar la realidad. Lo peor de todo, lo màs doloroso, era la desapariciòn de Julio. Tan angustiante la sentìa que se habìa quedado ya sin làgrimas tras una noche de desesperaciòn en la que habìa derramado su llanto incluso mientras dormìa.La sangre que cubrìa el piso y gran parte de las paredes habìa desaparecido por completo. Vinieron a su mente las palabras de Isabel “No es màs que un truco barato”. Se puso de pie al recordar a la niña, y comenzò a buscarla. Se acercò al coche para ver en su interior, sin embargo no la encontrò allì.Por doquier podìan observarse las huellas dejadas sobre la carrocerìa por la terrible noche pasada, con toda la violencia de los elementos naturales y sobrenaturales. Los pedazos de vidrio roto sobre la alfombra y el tapizado, los asientos hùmedos, el techo rasgado por las garras de aquellas aves surgidas misteriosamente de una metamorfosis imposible; todo estaba allì bajo las manchas de barro y las hojas adheridas al metal.- Te despertaste.Adriana volteò al oìr estas palabras y pudo ver a la pequeña ataviada con un fino vestido de exquisitos diseños primaverales. En sus manos sostenìa un ramo hecho con lavandas y una variedad de flores silvestres.- Hola...todavìa estoy tratando de adaptarme a la realidad de esta pesadilla...- No te preocupes -dijo Isabel entregàndole su ramo a modo de infantil consuelo- Todo va a terminar bien.Adriana no quiso entrar en conflicto con aquellas palabras, despuès de todo era un niña quien las decìa. En lugar de ello prefiriò creer que eran ciertas ya que Isabel parecìa comprender a la perfecciòn lo que estaba sucediendo.- ¿Donde conseguiste ese hermoso vestido? ¿Estaba en la cabaña?La niña sonriò ante lo absurdo que le sonaba esa pregunta.- ¡Pero no! Claro que no... no serìa quien soy si no supiera algo tan sencillo como confeccionar mi propia ropa con los petalos de las flores...- Adriana permaneciò un momento contemplando a la niña, hasta de repente pensò que a lo mejor ella sabrìa algo de lo sucedido a su marido. Asì que temor en su voz se animò a preguntar:- ¿Sabès que le sucediò a Julio?- No. -respondiò la pequeña- Y para serte sincera toda la noche creì que estaba muerto pero ahora sè que no lo està. Mi madre es muy hàbil, por cierto...muy astuta. Lo debe haber enviado muy lejos...pero no lo matò.Adriana que ya respiraba aliviada tras la noticia, indagò un poco màs.- ¿Còmo sabès que està vivo?- Puedo sentir su calor... durante la noche no, por eso es que temì lo peor. De todas formas no me quedo tranquila permeciendo acà, mejor serà ponernos en movimiento. ¿Sabès conducir esa cosa? -dijo señalando el coche.- Poco un verdad... Julio me estaba enseñando pero tendrìa que aprender màs...- Hoy terminaràs de aprender... -le dijo sonriendo la pequeña- La necesidad es la mejor maestra.La mujer sintiò el peso de responsabilidad, y el de la obligaciòn tambièn. Sin duda era ella la mejor capacitada de las dos y hasta donde tenìa conocimiento no quedaban màs personas en el mundo que ellas dos y Julio, donde quiera que estuviese. La tranquilizò escuchar las ùltimas palabras de Isabel. La volvìan màs humana.- No sabìa que ustedes, los seres elevados utilizaban refranes.La niña se descostillò de risa.- ¿¡”Seres elevados”!? Si conocieras a algunos de estos “seres” no los llamarìas asì. No, no, no. Somos...como decirlo...una comuniidad de trabajo. Todos tenemos un trabajo, como ustedes; y una cuota de poder como ustedes. Solo que nuestro trabajo es mayor y afecta a mucha màs gente y, por eso, nuestro poder es mayor...¡Y nuestra responsabilidad tambièn! Pero no, no usamos eso que llamas refranes. Esa frase se la escuchè a un peòn de campo. Nuestra comunicaciòn es un tanto frìa y formal por momentos.- Ya veo...si tu propia madre te encerrò en un celda...- En realidad eso tiene su explicaciòn pero no lo comprenderìas nunca; nuestra forma de pensar es muy diferente.- Bueno -dijo Adriana- Nos vamos.Antes de subir al auto limpiaron de hojas y cristales su interior. Luego, se sentaron y la mujer ayudò a Isabel a colocarse el cinturòn de seguridad. Cuando todo estuvo preparado sucediò lo impensado: las llaves no estaban puestas. Seguramente Julio las tendrìa en su bolsillo al momento de desaparecer.- ¿Que pasa? -preguntò la niña.- No estàn las llaves... -contestò Adriana angustiada.- ¿Y eso es importante?- Claro que sì. Sin ellas no se activa el mecanismo que enciende la chispa que empieza la combustiòn.- ¿Combustiòn? ¡A mi juego me llamaron!Isabel apenas moviò los dedos de su mano derecha y el motor arrancò.- No me digas nada -dijo Adriana màs calmada- ¿Un fuego menor?.- En realidad no...pero casi...quièn sabe como llamarlo cuando los lìmites son tan imprecisos. -contestò sonriendo la pequeña.Antes de que terminara la frase el coche comenzò a avanzar dando algunos tirones aunque sin detener su andar.(continuará)Escrito por Christian Eric Lavin Prosen
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