Cuando una mujer se muere tiene que seguir madrugando,
fregando los cacharros, cogiendo el teléfono,
sonriendo a raudales…
Cuando una mujer muere no se puede hacer nada.
Hay una mujer, tronchada su mirada como un tallo.
Reposa en una mesa. Se mira las manos.
Se mira un anillo y se sube a un planeta,
lo gira y se sube a la luna, lo vuelve a girar
y se sube a una estrella.
Su vida es un anillo que gira
en un dedo muerto, sin tacto.
Hay una mujer y es julio y hace calor,
pero la mujer tirita. Y no hay nada que hacer.
Las mujeres tienen frío dentro.
Sopla la vida con su boca loca de siroco y caen.
Las mujeres siempre caen,
pero sólo se les nota en los ojos,
porque se mantienen erguidas como árboles.
Hay una mujer que piensa:
Olvidar es de cobardes,
el que olvida muere o mata.
La memoria es lo único que somos.
Olvidar no es de mujeres ni de hombres.
Olvidar no es de vivos.
Olvidar es de sobrevivientes…
Hay una mujer en una cama.
Una ventana abierta y una luna.
Aúlla un perro y un gato le contesta.
La mujer se sienta en la cama
y saca sus pechos por la ventana.
La mujer no puede dormir.
En la cama hay un perro de peluche
y un erizo sin púas,
de vez en cuando los abraza.
La mujer tiene sed y se levanta,
por el pasillo tropieza con el llanto.
Llega a la nevera y la abre,
saca un cartón de agua solán de cabras.
Antes de cerrar la nevera
mira el congelador sin puerta,
dentro, como un amasijo de nieve y plástico
está su corazón.
Piensa deprisa como un rayo:
debería estar yo ahí dentro
y mi corazón aquí fuera...
Belen Reyes
Madrid - 1964
Blog de Poesía
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