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Bípedos Depredadores

Sobre la muerte de Gea

«Mozart, la Mecánica cuántica y un mundo mejor» Debemos una aplicación esencial de la idea de complementariedad a un discípulo de Bohr, el vienes Victor F. Weisskopf, quien en 1991 publicó sus memorias (Mein Leberi). El capítulo final lleva por título «Mozart, la Mecánica cuántica y un mundo mejor», palabras con que ante todo quiere significar el autor, estimable pianista, sencillamente el sentimiento de dicha que puede experimentar cualquiera que como él trate así con la música de Mozart como con la Mecánica cuántica, y entienda de ambas, bendita conjunción que insinúa cómo podría ser un mundo mejor. Ahora bien, la mayoría relacionaría sin problema y gustosamente la mencionada emoción con la obra de Mozart, al menos con algunos pasajes. A muchos, sin embargo, más bien les irritaría o aún les sacaría de sus casillas que se mencione al físico en relación con la felicidad, y querrían saber más exactamente cómo una abstracción teórica llamada Mecánica cuántica puede hacer posible la misma vivencia que proporciona la música de Mozart, sensible y sensual. Cuestión decisiva ésta para la cultura de la ciencia. La respuesta se halla en la idea de complementariedad, en su aseveración de que, para toda descripción de la realidad, hay una segunda que discurre en sentido contrario, cierta, pero no menos justificada. Puede pensarse como ejemplo en las teorías del color de Goethe y de Newton, la primera de las cuales indaga el fenómeno cualitativamente y en términos de visión humana, y la segunda, cuantitativa y teóricamente mediante aparatos de medición. Puede pensarse luego en las descripciones de la naturaleza como «Madre Tierra» o como fuente de materias primas, y recordar que podemos captar algo con la cabeza o con el corazón. En todo momento disponemos de ambas posibilidades, y sólo podemos comprender de manera global la realidad como suma de descripciones complementarias. Esta idea admite ser sacada del ámbito del conocimiento y trasladada al gobierno de una vida, en que siempre hemos de andar sopesando consideraciones racionales e inclinaciones emocionales irracionales. No hay gran trecho desde esta idea de complementariedad hasta la propuesta de mantener el equilibrio entre ambos polos para no precipitarse hacia uno de los lados (que éste puede ser también el de lo racional, ni que decirse tiene, en un mundo que ha vivido el lanzamiento de bombas atómicas y cuenta en su haber tantas destrucciones ambientales). En efecto, viviríamos en un mundo mejor si recordáramos en todo momento que, para cada punto de vista, hay otro que lo contradice a ojos vistas y puede así pretenderse igualmente válido. El mejor mundo es el del diálogo entre complementarios enfrentados: y entre tales se cuentan arte y ciencia. Cuan estrecha y firmemente se corresponde esa pareja cultural se expresa maravillosamente en una fórmula del escritor norteamericano Raymond Chandler que se encuentra en su diario con fecha de 19 de febrero de 1938. Dice así: «Hay dos tipos de verdad: la que señala el camino, y la que reconforta al corazón. La primera es la ciencia, la segunda, el arte. Ninguna es independiente de la otra o más importante. Sin arte, la ciencia sería tan poco provechosa como una pinza quirúrgica en manos de un pocero. Sin ciencia, el arte sería una espesura salvaje de folclore y charlatanería emocional (emotional quackery). La verdad del arte impide a la ciencia volverse inhumana, y la verdad de la ciencia impide al arte volverse ridículo». En calidad de autor de novelas policíacas, Chandler debía saber por igual qué dosis hace de una sustancia un veneno y cómo destilar de la materia prima del crimen la seducción de la literatura, y así, desenvolverse en ambas esferas. Esa contraposición de ridículo y humanidad en su diario quiere decir, con toda certeza, que arte y ciencia son igualmente legítimas. La gran idea, como la llamara el mismo Chandler, también quiere decir no obstante que entenderemos mejor la ciencia no atribuyéndola a colectivos anónimos en anónimos laboratorios, sino viendo manos a la obra en ella al mismo tipo " de individuos creativos que esperamos como algo obvio encontrar en el arte. Más aún, nos da a entender que nos acercaremos más al arte si nos enteramos de algo de las ideas racionalmente accesibles y reproducibles a las que compositores, escritores, pintores o escultores tienen que dar vueltas y desarrollar, antes de empezar su trabajo creador o mientras trabajan en sus obras con todo el detalle necesario. En otras palabras: quien sólo entienda de arte, ni de arte entiende. Quien sólo de ciencia, ni de ciencia entiende. Basta mirar la herradura de Bohr. El asunto atañe a la cultura en conjunto. La contraparte complementaria surte efecto aun cuando uno no crea en su significado. Ernst Fischer tags: Mozart, Weisskopf

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