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Flor, amorcito: le conté a la psicóloga de la noche que actué en el bar. El Peta había calibrado mi guitarra cinco minutos antes de subir y tocar esa cancioncita para vos. Y era la primera vez que enfrentaba a un público. Estaba llenazo de gente arriba y afuera, lleno, fue genial: mi pelo ocultándome la aterrorizada cara, el micrófono entrando por esa cortina de cabello y los negros del barrio gritando que me dejara de hacer el poeta. Canté como lo había hecho miles de veces en mi pieza, solo, soñando. Después nos sentamos afuera a disfrutar de esa pequeña fama. Alguien en la mesa contó que vos y tus amigas habían viajado a bailar a Córdoba. Hacía siglos que yo no salía de Los Fresnos. Pero viajé. Fui con el Oreja y el Tatalo, listo para buscarte de una vez. Esa noche íbamos a besarnos como Dios manda y a tocarnos y a coger ahí mismo si era necesario. ¡Teníamos que despertar! Venía entonado con lo que había pasado días antes en la Plaza Independencia. No sé con qué excusa me esperaste en el bar, borracha, con una sonrisa azucarada, desparramado tu amor en la mesa, marcando círculos con las manos para alcanzarme. Se te cerraron los ojos. El Meneno y la Lola se sentaron con nosotros. Algo insinuaban. Se reían. De repente te paraste agarrándome el brazo. Salimos. Cruzamos a la plaza. Te llevaba abrazada re-sensual y cuando llegamos largaste un gritito: —¡Ay! —y te apoyaste contra un árbol para vomitar. Te corrí el pelo. Llovía despacio, la cana pasaba a cada rato. Te limpié con las mangas y me abrazaste. Te abracé de frente en un gesto protector, después te incliné, tenías los ojos cerrados. No sé si te diste cuenta, o si te acordás, pero levantaste la cara buscando algo y te besé. Fue un pico impotente, de labios cerrados, sin respuesta. Un beso que llegaba cansado, con siete años de retraso. Fue intentar taladrar una pared con una soga. Eso fue. Concentrado en tus labios muertos, en tu cabeza que se caía de las manos. Lloré encontrándote los labios, pidiéndote perdón por todas las cosas de la vida, que me perdonaras y me ayudaras a curarme de una buena vez. Apenas si pude subirte al remís. No te volví a ver hasta la noche que te contaba antes. La que te fuiste a bailar a Córdoba. Viajé con la certeza de que me amabas. Entré a caminar entre la gente, poseído. Te encontré enseguida, en esa especie de reservados donde resplandecían unos horribles sillones de hierro forjado pintados de blanco, y con esa luz ultravioleta y tu pantalón celeste y tu blusita roja y tus brazos rodeando algo pelilargo y bailantero y puto del orto hijo de mil putas y conchudo del Panza. ¡Me quería morir! Nunca te vi besar así. ¡Nunca te había visto besar! Salí corriendo y enterré los codos en la barra. Terminé arrastrado por mis amigos, que corrían hasta el auto. Setenta tipos nos perseguían, y no sabía en qué quilombos se metieron los culiáus de mis compañeros. Alcancé a ver al Oreja, que perdía sangre. Y subimos al 128 y no arrancaba y los tipos nos movían el auto y le gritábamos al Oreja: —¡Dale, dale, culiáu, que nos comen! Nos volvimos a Los Fresnos. En el camino chocamos a un chancho pero no pasó nada. La habitación daba vueltas y salía el sol. Lloré.
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