Jugada perfecta
Habían hablado de ello en las horas previas al partido. Lo habían ensayado hasta la extenuación en los entrenamientos, cada vez les salía mejor. No podía fallar.Era una jugada trazada con precisión milimétrica, y habían conseguido una destreza inigualable. Prácticamente les aseguraba meter el gol si la ponían en práctica, no habría equipo que pudiese resistirse a su calidad. Decidieron emplearla en caso de necesidad, porque tampoco era cuestión de mostrar esta poderosa “arma secreta” a sus rivales.Y llegó el momento. En el último partido de la temporada, se jugaban el descenso. Consideraban que no habían hecho una mala campaña, pero diversas circunstancias –la crisis, como solían comentar entre ellos, medio en broma- les habían llevado hasta esa situación. Para más inri, su rival luchaba por el campeonato.Además, ambos equipos debían buscar la victoria, ya que en otro caso no conseguirían su objetivo. Se presentaba, por tanto, un partido –tal y como le gustaba decir al comentarista de la televisión- a cara de perro.Y efectivamente, fue un encuentro épico. Se luchó por cada balón como si fuese el último, las dos escuadras se dejaron el alma en la batalla. Después de un constante toma y daca, se llegó al último minuto con un empate a dos que no servía a ninguno de los contendientes.Pero a pesar del gran esfuerzo que habían realizado durante los noventa minutos anteriores, ninguno de los dos equipos se daba por vencido, y seguían presionando al rival como si les fuese la vida en ello.Había llegado la ocasión de utilizar la jugada, su arma secreta. Con ella, desharían el empate, y lograrían salvarse. No podía fallar.Aprovechando una interrupción en el juego, varios jugadores se reunieron y repasaron lo que tantas veces habían ensayado. Al sacar, le enviaron el balón a su número diez, un centrocampista de mucha clase, que hizo la pared con un compañero y realizó un cambio de orientación a la otra banda.Allí, cogió el balón un joven extremo, que se zafó de la presión de dos contrarios y avanzó con fuerza, nadie parecía capaz de detenerle. A lo lejos, le parecía oír gritar a su entrenador, jaleándole.Llegó a la línea de fondo con gran ímpetu, sin ningún rival que pudiera seguir sus pasos, y centró con precisión, casi acariciando la pelota con el empeine de su bota.Durante unos segundos que parecieron eternos, el balón voló hacia el área, donde emergió la figura del delantero centro, que de un perfecto cabezazo, introdujo el balón en la meta, tras rebotar en el larguero.Gooool. El estadio era un clamor, pareció venirse abajo, lo habían conseguido. Tras el tanto, el árbitro señaló el final del encuentro. La jugada había funcionado, era perfecta, no podía haber sido de otra manera. ¡Qué gran actuación!Pero… un momento. Si el partido se jugaba en el campo rival, ¿por qué el público había ovacionado el gol? ¿Por qué estaban tan contentos los espectadores y los jugadores del equipo contrario? No puede ser… habían metido el gol en su propia portería.Aunque evidentemente, ésta es una historia ficticia, pretende servir de recordatorio para aquéllos que tienen responsabilidades en la gestión de una empresa. Está muy bien tener un gran rendimiento, pero es primordial saber es hacia dónde hay que ir, y si lo que se está haciendo sirve para alcanzar ese objetivo o no. Sin unos objetivos correctamente definidos, una excelente productividad puede ser incluso contraproducente. Lo primero que hay que definir –tomando como ejemplo otro deporte- es hacia dónde tenemos que remar, porque si no, quizás estemos yendo hacia el centro del océano en lugar de ir hacia tierra; y además, a buen ritmo.
Actualizando blog... en 5 seg seras redireccionado a BlogESfera.com