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Atormentadero

Cuento, narrativa y poesía. Vagas formulas para engañar al ocio.

Un país mundano, de John Ashbery La próxima semana aparece en España Un país mundano (Lumen), último poemario de John Ashbery (Rochester, Nueva York, 1927), el poeta estadounidense más importante de los últimos 30 años. El Cultural anticipa algunos de los poemas, en versión de Daniel Aguirre. “Su suelo empieza donde acaba el techo de los demás”, ha escrito Sáenz de Zaitegui. LETANíAS 1 También son importantes los objetos. Parte del tiempo lo son. Pueden fruncir el ceño, hasta ofrecer perdón o algo por el estilo. Me preguntas qué hago aquí. ¿Esperas que de verdad lea esto? Si así es, tengo una sorpresa para ti: se lo voy a leer a todos. 2 La primavera es la más importante de las estaciones. Está aquí aun cuando no lo está. Todas las otras le sirven de excusa. Primavera, ociosa primavera, burda excusa para el verano… ¿No te dijeron dónde te extraviaron, en qué avenida, hendidura de la ciudad, veloz y más veloz como el aliento? 3 Es importante que a uno lo tiendan de una forma hecha por el hombre. Otros intentarán ofrecerte algo: bajo ningún concepto aceptes. Reflejado en la ventana de la farmacia sabes qué distancia has recorrido. Que otros te caten. Felices sueños; el viento está allí. Entra. Estábamos esperándote. CASUíSTICA Había sido implicada la falsa aurora, y su circularidad vista como un reproche para la gente honrada, una tercera ciudad más grande del cerebro. Otros entraron al instante en la refriega. No fue culpa nuestra que tantos parecieran engañosos a la menguante luz de febrero: ¿de quién si no iban a atraer la atención? No había precedentes para su aparente solidez, ni migas y migajas de ayer, los restos del festín de otro, apostaría. ¿Y si muchos de ellos vuelven y deciden establecerse con sus padres, embelesados con la cocina casera de repente? ¿Superarán el corte? ¿Y qué nos queda ahí fuera, en otro presunto buen día? ¿Una excesiva sutileza? ¿Nuestros propios quodlibets? ENTREVERAMIENTO Pasando el puente bajo, los abalorios de uno descargan una sarta de insultos. Los castaños mudan sus hojas una a una. Probando una materia de conversación tras otra, la puerta dejaba entrar visitantes por separado. ¿Por qué no? ¿Fue por esto por lo que evitamos los momentos de llamar la atención en el centro comercial después de que al sol se le pasara el enfurruñamiento? Había conejos en el oasis de los que nadie nos decía nada, menos que nadie los comerciantes de turrones en las distancias cortas. Una canción de cuna sirve para todos. No hay claúsula en oír, sólo ágiles gigantes tragaperspectivas, o bien la soledad se impone, sin peculiaridades aunque perfilada en píldoras de luz. COMO UNA FOTOGRAFíA Tal vez te gustaría vivir en una de estas casas tirando a pequeñas que empiezan a subir una cuesta y luego a tientas regresan al principio como si nada hubiera sucedido. Tal vez disfrutarías de una cena de sándwiches con el vecino que hace concesiones. Acabará todo en un minuto, dijiste. Los dos nos lo creímos, y está el reloj marcando: arde más, arde más. PROBLEMA DE IMAGEN Algún que otro juerguista sin rumbo, nada raro para esta época del año, temporada de zinias, y con todo uno nota el golpeteo en las paredes a intervalos más frecuentes. Los enemigos actuales de uno se agitan en el viento de la tarde y, atípicamente, evitan el cuarto de estar. Una vez que los grandes nombres han pastado en la estepa y continuado el viaje, un silencio público vuelve. Que sea el último capítulo del volumen uno. Creen algunos expertos que volvemos dos veces a lo que nos intrigaba o asustaba, que quedarse más tiempo es invitar al huevo del engaño a que regrese al nido. Otros en cambio aseveran que estamos metidos en esto por lo que podemos sacar, que está mal no jugar incluso cuando lo que nos va en ello es espectacularmente aburrido, como lo es sin duda hoy. La solución podría ser, por tanto, restringir la zona de reacción a un pinchazo y pasar por alto lo que ocurría antes, incluso cuando lo llamábamos vida, sabiendo que no cabía esperar que nos sirviera de consuelo o incluso de referencia, ya que la idea era reducir pérdidas si estaba uno a punto de ganar. Cierto, su estudio de mercado les indicaba lo contrario, y nosotros pasamos a ser un factor de cualquier toma de beneficios que pueda estar gravando el horizonte ahora, conforme se avecina la tarde. Podríamos pasar por alto las señales de aviso, pero ¿deberíamos? ¿Deberíamos todos? Quizá deberíamos.

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