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Sevillanadas

Las Cosas de Sevilla....

La "desnaturalización" de San Juan de la Palma Hace mas de 30 años el maestro Fernando Chueca Goitia explicaba en su libro “La destrucción del legado urbanístico español” cuales eran las dos formas que había, a su juicio, de destruir una ciudad. Éstas eran demolición simple y desnaturalización. Sobra decir que Sevilla fue una de las principales referencias utilizadas por el arquitecto a la hora de elaborar este trabajo, no en vano tenemos un amplio repertorio de edificios, plazas y lugares desaparecidos a lo largo de nuestra historia ya sea de una u otra modalidad, e incluso por ambas a la vez. Cualquiera que haya seguido medianamente este blog apenas necesitará ejemplos del primero de estos “métodos” destructivos, de hecho mas de la mitad de las entradas tienen a la piqueta como protagonista principal junto a un elenco de secundarios de lujo como el mariscal Soult y compañía. Igualmente dañino (aunque muchas veces encubierto y hasta planificado) es el segundo de los métodos a los que se refiere Chueca: la desnaturalización, proceso que se lleva a cabo cuando a base de retoques y modificaciones el edificio, la plaza, el entorno e incluso la ciudad misma pierden su personalidad sin necesidad de derribar una sola pared. Desde hace varios años se está considerando en Sevilla la idea de homogeneizar el mobiliario urbano: diseñar y colocar elementos comunes en calles y plazas que den una imagen global y unitaria, como una especie de marca de la casa fácilmente identificable y diferenciable respecto a otras ciudades. Hay que partir de la base de que el mobiliario urbano es fundamental en cualquier población moderna que se precie, de hecho cuantos mas equipamientos sean ofrecidos a vecinos y turistas mas calidad de vida tendrán los primeros y mejor imagen se llevarán los segundos. Pero claro, ¿es necesario que este mobiliario sea homogéneo, y mas en una ciudad como Sevilla, con tantos matices y peculiaridades a la vuelta de cada esquina? Desde mi punto de vista no es lo mismo colocar una papelera de determinado diseño y características en Doña Elvira que hacerlo en el Museo, en San Lorenzo o en la Plaza de los Refinadores. Y es que la gran mayoría de espacios de esta ciudad tienen unas connotaciones históricas y monumentales tan definidas que introducir elementos comunes entre ellos más que enriquecer los llevarían a la vulgaridad. Muy al contrario, soy de la opinión de que, aunque tan solo sea para plantar un árbol, se debe intentar siempre dar un tratamiento personalizado y específico a cada lugar para que no se pierda su esencia y personalidad. Igualmente es esto aplicable a espacios de nuevo cuño, remodelaciones y adecuaciones de lugares otrora degradados, siempre y cuando esta actuación se haya realizado bajo una planificación o proyecto previo, claro está. Es el caso de la recientemente remozada Alameda de Hércules. No es el objetivo de esta entrada valorar el resultado final de esta plaza, que puede gustar más o menos, incluso nada (para gustos colores); pretendo centrarme sobre algo que chirría puesto que está completamente fuera de contexto, sea uno partidario o detractor del proyecto: la zona de juegos para niños que se ha situado frente al Bar Central. Ya en su momento el autor de la actuación, el arquitecto Elías Torres, se opuso a la creación de esta zona de juegos porque “no quería que pareciera un gueto”. Afortunadamente no todas las decisiones de este señor fueron respetadas y (entre otras cosas) hoy podemos disfrutar de las columnas en el mismo emplazamiento en que las vieron nuestros abuelos. Y los niños pueden seguir jugando. Todo ello me parece perfecto, lo que no entiendo es como después de invertir una millonada en esta adecuación, de cambiar completamente la fisonomía del entorno, de llevar la idea de proyecto hasta el límite de permitir las polémicas farolas de marras, de llevarle la contraria al arquitecto en algunas decisiones que se consideraban inapropiadas para la zona… se coloca el mismo parquecito de toboganes y columpios que hay en la barriada de Pino Flores, por poner un ejemplo y con todos los respetos hacia esta barriada, que allí estaba mi colegio. Creo que habría sido coherente realizar una actuación mas cuidadosa, buscar un diseño acorde con la nueva plaza, con sus bancos y pérgolas, con su solería color albero... y no poner cacharritos de colores. No tiene sentido tratar de aportar una nueva personalidad a la Alameda y a la vez restarle parte de la misma con elementos estandarizados. Afortunadamente no siempre son así las cosas. Por poner el ejemplo contrario, en la rehabilitación de la Glorieta Azul del Parque de María Luisa que a principios de esta década llevó a cabo J. Miguel Salado González, se añadió al mobiliario de bancos, jardines y juegos de niños ya existentes una fuente que por sus materiales (cerámica) y colores bien podría decirse que llevaba allí desde siempre. A pesar de haber sido colocada hace menos de diez años, la fuente es un elemento más de la Glorieta, está diseñada pensando en la misma y le suma nuevos valores. Esa fuente no tendría sentido en la Glorieta de Bécquer o en la del Reloj o en la Plaza del Salvador; allí sería un simple pastiche fuera de lugar. En definitiva, que en la Glorieta Azul no se puso una fuente, se puso su fuente. El resultado definitivo puede gustar mas o menos, pero al menos se tuvo el detalle de no colocar un elemento seriado como se ha hecho recientemente en la puerta de la iglesia de San Pedro. Sin embargo a mi entender el caso mas flagrante que tenemos en la actualidad de la desnaturalización que ya advertía Chueca se encuentra, sin duda alguna, en la plaza de San Juan de la Palma. Este histórico enclave parece en estos momentos un muestrario de mobiliario urbano que se hubiera ido amontonando poco a poco mientras ha tenido sitio. Y es que a la típica palma que le da nombre desde tiempo inmemorial y que ha visto como se parterre se reabajaba a ras de suelo, se le han ido añadiendo los accesos a las cocheras de los bloques de vivienda (bolardos y pivotes incorporados), los veladores de los bares, los contenedores de basura, los clásicos bancos de fundición, la estación de Sevici e incluso otro parquecito de juego y recreo para niños. Todos ellos, por supuesto, estandarizados y comunes a otros muchos lugares de Sevilla. En fin, que esta plaza es a día de hoy una exposición callejera de mobiliario urbano que no digo no sea necesario, pero que quizás debería haberse repartido un poco por los aledaños y, por supuesto, tratado de otra forma. Porque si a día de hoy la única diferencia que tiene San Juan de la Palma respecto a cualquier otra plaza de cualquier otro barrio se basa en que de fondo tiene una iglesia mudéjar en vez de un bloque de pisos, mal andamos… Son detalles que creo deberían cuidarse más ya que, al fin y al cabo, redundan en la imagen que ofrece la ciudad. A ver como se explica que en la plaza de San Juan de la Palma tengamos hoy de todo…. menos plaza…

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