En los buenos tiempos antiguos, cuando estaba poderoso y
boyante el Arzobispado, hubo en Toledo un Arzobispo tan austero y penitente, que
ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado,
semillas y yerbas.
Su cocinero le solía preparar para la colación, un modesto potaje de habichuelas
y de garbanzos, con el que se regalaba y deleitaba aquel venerable y herbívoro
siervo de Dios, como si fuera con el plato más suculento, exquisito y costoso.
Bien es verdad que el cocinero preparaba con tal habilidad los garbanzos y las
habichuelas, que parecían, merced al refinado condimento, manjar de muy superior
estimación y deleite.
Ocurrió, por desgracia,...